"Cada vez que regresaba él me comprimía en sus brazos fuertes y rogaba que lo insultase, que le dijese degenerado, idiota, que le volase la cabeza con un florerazo. Pero yo lo miraba inmóvil. Era un hombre bello e indigno, que me había fascinado como un diamante. Y de quien me sentía ahora lejos, extraña.
Me acariciaron sus ojos color de miel, irritantemente hermosos. Las palabras se le amontonaban en la lengua, pero no las podía soltar. Yo me sentí vacilar y busqué sentarme. Lo contemplaba sin pestañear, como si en su rostro forzadamente tranquilo pudiera leer las crípticas explicaciones que tardaba en darme.
Su resistencia a explayarse me sacaba de quicio. Le descargué pregunta tras pregunta e Ignacio empezó a contestar, pero percibí dudas, dolor. No me decía toda la verdad. En mi garganta empezaron a resbalar lágrimas que no dejaría aparecer en mis ojos porque Ignacio no lo merecía. Había un enigma, un tortuoso enigma. ¿Habría desertado? ¿Habría intentado pasarse a las filas batistianas y luego, al producirse el giro político se arrepintió? En ese caso merecía el fusilamiento, me dije mordiéndome los labios. ¿Podía ser tan excecrable? Evoqué la noche en el bosque, cuando hicimos el amor por primera vez. También allí ocurrió algo inexplicable. Mejor dicho: algo que él se negaba a explicar. Se repetía la escena, otra vez lo mismo.
No pude dormir. Di vueltas recordando escenas. Una y otra vez recordaba el piso que se movía rápido y giraba, con raíces y piedras que saltaban del verde al gris; mi cabeza estaba hinchada de la sangre que atribuía al esguince; al fin pude comprender que me transportaban sobre un hombro al paredón de fusilamiento; el hombro, sin embargo, era de Ignacio, que me había descubierto desvanecida bajo un matorral. Nuestro idilio es un matorral espinoso, me dije al despertar transpirada. O un idilio que desemboca en un tifón.
En la comandancia de Camagüey buscamos los espacios donde podíamos conversar tranquilos. Volvimos a aproximarnos, y nos reímos al darnos cuenta de que repetíamos los rodeos de una arcaica y absurda timidez. Es la pulsión a la repetición, decía Ignacio basándose en sus lecturas de Freud. Pero el contacto físico nos abrió recuerdos. No obstante, Ignacio aplicaba un cedazo que consideraba protector, para no lastimarme, confesó más adelante. Pese a que era poco creíble, seguía sosteniendo la misma versión débil de su ausencia. Decidí resignarme a dejarla pasar por el momento, debido al amor que le tenía, y debido a la gratitud por su nobleza de salir disparando para ayudar a Lucas. Yo me criticaba por ser inconsistente. En materia de afectos, pedir consistencia a veces es pedir imposibles.
Miré su perfil angulado, la leve desviación de su nariz y soplé el mechón de cabellos rubios que le cubría la frente. Este hombre se ha metido en mi vida para siempre. Nuestras ligaduras se consolidan, son cuerdas casi irrompibles, pensé.
Sentíamos amor, el amor que se sueña en la adolescencia, enardece en la juventud y consolida en la madurez. Yo entendía que Ignacio había llegado a mi tuétano afectivo y que mi enamoramiento era el más fuerte del que tenía memoria, al margen de ideologías o proyectos. Pero, ¿qué pasaba con él? Creo que el miedo de que yo fuese dañada le hacía mantener un innecesario secreto.
Heráclito, al decir que nunca nos bañamos en el mismo río, señalaba que el río cambia, pero también quería decir que cambiamos nosotros. Lo podría haber formulado de otra manera: que nadie es igual cuando baja de nuevo al río.
Después agregó un adjetivo a la palabra injusticia: innoble. Innoble e injusticia se unían con balsámica intensidad en mi alma lastimada".
Fragmento de "La Pasión según Carmela" de Marcos Aguinis.
No es casual que haya escogido estas palabras para iniciar el blog, el cual no fue concebido para contener textos extensos sino todo lo contrario. Elegí este fragmento porque mis ojos lo recorrieron y se me impregnó en la piel al igual que la persona y la historia que vivimos y que identifico -parcialmente- con estas palabras ajenas.
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