sábado, 10 de diciembre de 2011

"Palinuro de México" (Fernando del Paso)

Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente. Por último, los domingos hacíamos el amor religiosamente.

O bien, hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por sí acaso, como primera medida y como último recurso. Hicimos también el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí: es decir, recíprocamente. Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente.

Lo cual no tiene nada que ver con las veces que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.

O bien, a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.

Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimientos y sin sentido. Con sueño y con frío. Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.

Por envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente. Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente. También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y, sobre todo, y por la simple razón de que yo la quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente.


Fragmento del libro "Palinuro de México" de Fernando del Paso.
Simplemente bello.

jueves, 28 de abril de 2011

"El amado renegado" (Esther Feldman)

¿Hay algo peor que estar debajo de la ducha cuando se está a punto de acabar el agua caliente? ¿Hay algo peor que dar vueltas en la cama durante toda la noche sin poder dormir? ¿Hay algo peor que darse cuenta de que te olvidaste el paraguas cuando estás a punto de salir de la peluquería y está relampagueando? Yo también estaba segura de que estas eran algunas de las pesadillas más terribles del universo femenino, sólo comparadas con la sensación de entrar a un negocio a comprar el pantalón que viste en la vidriera durante toda la semana y escuchar como la vendedora te dice “ayer se llevaron el último”. Pero luego de conocer algunas historias puedo afirmar que una de las peores pesadillas femeninas es toparse con un amado renegado.

El amado renegado es el amado que odia ser amado y lo dice a los cuatro vientos aunque actúa como tal. A ver si soy clara: ¿vieron ese tipo de hombres que dice que odia que la mujer esté pendiente de él pero cuando llama por teléfono y ella tiene el celular apagado, se encarga de hacérselo notar toda la semana? ¿Conocen a esos sujetos que nunca sienten celos pero que recuerdan hasta el último comentario que hiciste sobre otro hombre? ¿Alguna vez se toparon con un señor casado con otra que, mientras es nuestro amante juega con dejarnos todas las semanas pero en cuanto le decimos que tiene razón, que deberíamos separarnos, te bombardea con mails y mensajes de texto para que olvides esa charla absurda?

Esos hombres que cuanto mejor la pasan con vos, peor o más fríamente te tratan al día siguiente sin ninguna explicación y que, si se lo hacés notar, te miran con cara de “vos estás completamente” loca. Bueno, si se toparon con algún espécimen así, no significa que Dios las castigó por sus malos pensamientos, sino que el destino las enfrentó a un amado renegado. Es uno de los tipos más difíciles de sobrellevar: hay días en los que querés acunarlos y cuidarlos… y otros en los que deseas asesinarlos y cortarlos en pedacitos.

¿El motivo? Siempre te descoloca. Vos actúas como una amante que busca satisfacer a su amado y él te responde como un amante dispuesto al sacrificio con tal de verte feliz. Si te creés esta película, ¡vas muerta!.

El sólo quiere su felicidad, su satisfacción y su tranquilidad. Si logra al menos dos de estos tres objetivos sin sentirse en deuda, el amado renegado se quedará a tu lado durante toda la vida. ¿Si vas a ser feliz? Ah, no… éste no es un libro que te dará esa respuesta.


Algunos tips de los “amados renegados”:
“Tengo una vida un poco complicada”... las palabras “complicada” y “vida, juntas en una sola oración, es un buen indicio para salir corriendo.

“Los malabares temporales son una de las características más específicas de los amados renegados. Es como si espiaran con algún tipo de sensor y detectaran el momento justo en que sus víctimas comienzan a curar sus heridas, para volver a atacar. Y con la misma sorpresa con la que reaparecen, luego se repliegan”.

No confundan la honestidad con la falta de histeria. Los amados renegados son francos hasta el suicidio pero más histéricos que una neoyorkina rubia.

Suelen soltar frases fulminantes a las que luego quieren adjudicarle otro valor. Por ejemplo: “Yo nunca dije que lo nuestro no era importante. Para mí es lo más importante que me pasó en la vida después de mi hija. Lo que quise decir es que no estoy en condiciones de afrontar otro abandono y mi hija tampoco”. Demás está decir que ninguna mujer que se precie está dispuesta a aclarar que nunca estuvo en sus planes irse a vivir con él para luego abandonarlo alegremente.

Este sentimiento de “me-adora-pero-no-tanto-como-para…” es otra de las características que una mujer suele sentir cuando tiene al lado a un amado renegado.


“Con vos no puedo, sin vos tampoco”
Como los amados renegados se aman a sí mismos más que a nadie en el mundo, no soportan la idea de no hacer exactamente lo que tienen ganas de hacer o lo que deben hacer. Si eso no te incluye, van a encontrar la manera de sacarte de encima elegantemente para que no les “hinches las pelotas”, frase que adoran pronunciar por lo menos treinta veces por día referida a cualquier mujer que no haga exactamente su voluntad.

¿Pensás que va a usar excusas ingeniosas, creativas y originales? Es un amado, mi querida, es decir, un simpático espécimen capaz de llamarte por teléfono y decirte solamente: “Estoy complicado con el trabajo”. Esa frase engloba desde “Mi jefe me pidió que haga un informe para mañana a primera hora” hasta “Si no trabajo no facturo, y si no facturo no tengo plata, y si no tengo plata me angustio, y si me angustio no duermo de noche, y cuando no duermo de noche me siento cansado todo el día, y cuando me siento cansado todo el día entonces no trabajo bien, y si no trabajo bien no facturo, y si no facturo…”. Los “y” siguen ad infinitum.

Los fines de semana también pueden ser un problema para verte. Si el domingo tiene que ir a comer a lo de sus padres ya no te puede ver. ¿Antes? ¿Después? Si preguntás, entrás automáticamente en la categoría de las hinchapelotas.
Mucho menos si es la final de la Copa de Verano de Mar del Plata, de la Copa Libertadores, de la Copa América o de la copa de leche. Y de ninguna manera si tiene previsto jugar al fútbol con los muchachos, o si se lesiona jugando al fútbol con los muchachos o si se le rompió el auto cuando volvía lesionado de jugar al fútbol con los muchachos o si a fulano, uno de los muchachos que juega con él al fútbol, se peleó con la novia y tiene que ir a hacerle el aguante con otros muchachos.

El problema más grave que aqueja a estos señores no es que tienen muchas cosas que hacer, sino que no te lo avisan con anticipación que van a hacerlas, no vaya a ser que vos te armes un plan divertido y la pases bien sin él. Entonces te encontrás bañada, depilada y estrenando bombachita de encaje cuando suena tu celular y él te dice que no se van a poder ver porque no puede dejar de ir a terapia. ¿Cambiar el horario? ¿Pasarlo para otro día? ¿No ir? Ésas no son opciones, salvo que quieras ser una verdadera hinchapelotas.

Su estado de ánimo suele ser otro motivo para no verse: “Anoche no dormí en toda la noche y estoy muerto. Lo hago por vos… Si nos vemos vamos a terminar peleando. No me aguanto ni yo mismo”. Lo único cierto de todo esto es que sí, generalmente terminás peleando cuando vos le preguntás por qué no te deja de una buena vez, así tiene todo el tiempo del mundo para hacer lo que se le da la gana sin que nadie le hinche las pelotas, y él, muy ofendido, te responde que no entiende qué te pasa, que se te “soltó la cadena”, que él te ama más que a nadie en el mundo y vos también hacés tus cosas como ese lunes de diciembre de 1997, en que te fuiste de urgencia al oftalmólogo porque no veías de un ojo en vez de encontrarte con él a tomar una copa.

Hay hombres que nacieron para ser amados y otros que nacieron para ser amantes.


Fragmento del libro “Amados y Amantes” de Esther Feldman.


Cualquier semejanza con la realidad, es mera coincidencia. En un 70%.

viernes, 22 de abril de 2011

"La Pasión según Carmela" (Marcos Aguinis)

"Cada vez que regresaba él me comprimía en sus brazos fuertes y rogaba que lo insultase, que le dijese degenerado, idiota, que le volase la cabeza con un florerazo. Pero yo lo miraba inmóvil. Era un hombre bello e indigno, que me había fascinado como un diamante. Y de quien me sentía ahora lejos, extraña.

Me acariciaron sus ojos color de miel, irritantemente hermosos. Las palabras se le amontonaban en la lengua, pero no las podía soltar. Yo me sentí vacilar y busqué sentarme. Lo contemplaba sin pestañear, como si en su rostro forzadamente tranquilo pudiera leer las crípticas explicaciones que tardaba en darme.

Su resistencia a explayarse me sacaba de quicio. Le descargué pregunta tras pregunta e Ignacio empezó a contestar, pero percibí dudas, dolor. No me decía toda la verdad. En mi garganta empezaron a resbalar lágrimas que no dejaría aparecer en mis ojos porque Ignacio no lo merecía. Había un enigma, un tortuoso enigma. ¿Habría desertado? ¿Habría intentado pasarse a las filas batistianas y luego, al producirse el giro político se arrepintió? En ese caso merecía el fusilamiento, me dije mordiéndome los labios. ¿Podía ser tan excecrable? Evoqué la noche en el bosque, cuando hicimos el amor por primera vez. También allí ocurrió algo inexplicable. Mejor dicho: algo que él se negaba a explicar. Se repetía la escena, otra vez lo mismo.

No pude dormir. Di vueltas recordando escenas. Una y otra vez recordaba el piso que se movía rápido y giraba, con raíces y piedras que saltaban del verde al gris; mi cabeza estaba hinchada de la sangre que atribuía al esguince; al fin pude comprender que me transportaban sobre un hombro al paredón de fusilamiento; el hombro, sin embargo, era de Ignacio, que me había descubierto desvanecida bajo un matorral. Nuestro idilio es un matorral espinoso, me dije al despertar transpirada. O un idilio que desemboca en un tifón.

En la comandancia de Camagüey buscamos los espacios donde podíamos conversar tranquilos. Volvimos a aproximarnos, y nos reímos al darnos cuenta de que repetíamos los rodeos de una arcaica y absurda timidez. Es la pulsión a la repetición, decía Ignacio basándose en sus lecturas de Freud. Pero el contacto físico nos abrió recuerdos. No obstante, Ignacio aplicaba un cedazo que consideraba protector, para no lastimarme, confesó más adelante. Pese a que era poco creíble, seguía sosteniendo la misma versión débil de su ausencia. Decidí resignarme a dejarla pasar por el momento, debido al amor que le tenía, y debido a la gratitud por su nobleza de salir disparando para ayudar a Lucas. Yo me criticaba por ser inconsistente. En materia de afectos, pedir consistencia a veces es pedir imposibles.

Miré su perfil angulado, la leve desviación de su nariz y soplé el mechón de cabellos rubios que le cubría la frente. Este hombre se ha metido en mi vida para siempre. Nuestras ligaduras se consolidan, son cuerdas casi irrompibles, pensé.

Sentíamos amor, el amor que se sueña en la adolescencia, enardece en la juventud y consolida en la madurez. Yo entendía que Ignacio había llegado a mi tuétano afectivo y que mi enamoramiento era el más fuerte del que tenía memoria, al margen de ideologías o proyectos. Pero, ¿qué pasaba con él? Creo que el miedo de que yo fuese dañada le hacía mantener un innecesario secreto.

Heráclito, al decir que nunca nos bañamos en el mismo río, señalaba que el río cambia, pero también quería decir que cambiamos nosotros. Lo podría haber formulado de otra manera: que nadie es igual cuando baja de nuevo al río.

Después agregó un adjetivo a la palabra injusticia: innoble. Innoble e injusticia se unían con balsámica intensidad en mi alma lastimada".


Fragmento de "La Pasión según Carmela" de Marcos Aguinis.


No es casual que haya escogido estas palabras para iniciar el blog, el cual no fue concebido para contener textos extensos sino todo lo contrario. Elegí este fragmento porque mis ojos lo recorrieron y se me impregnó en la piel al igual que la persona y la historia que vivimos y que identifico -parcialmente- con estas palabras ajenas.